Ximena Peredo

20 de octubre de 2024

Apenas una hora atrás estaba pegando los murciélagos de fomi en la pared de la sala. No me había gustado la figura, no tenía movimiento, así que le escribí a Lili, una ex compañera de trabajo que me dio un tip en dos minutos de conversación de WhatsApp… bendita la gente que entiende rápido los problemas y los resuelve. Mis murciélagos habían quedado más como parvada, y Elisa y sus amigos se sorprenderían al llegar a la sala-comedor. Habría logrado mi objetivo si Elisa percibía que su mamá le mandó decir te amo, en esa extraña figura de murciélagos volando del piso al techo. 

 

Una vez que terminé la instalación, revisé tener todo listo para las hamburguesas que tendría que cocer al regresar de la escuela, ya con la tropa en casa. La idea era que estuvieran calientitas. Entonces me acordé de las papas a la francesa que quería hacer. Manos a la obra. Pelar las papas en chinga, lavarlas y dejarlas un ratito a remojo para que pierdan el almidón… pensaba yo en mi amiga Martha que le quedan espectaculares. Las partí en gajos porque la calma no me dio para palitos, tenía yo 45 minutos para hacerlas. Homero me acompañaba en un banquito de la cocina. 

 

Esa mañana, cuando le dije a Elisa que intentaría hacer papas a la francesa, me miró con cierta ternura como diciendo, mamá, por favor ya no lo intentes. ¡Vas a ver que ahora sí voy a triunfar!, le respondí. Pero por si las moscas, ahí tenemos adobadas, le dije. Y entonces ambas nos calmamos -traíamos arnés de seguridad, ¿qué podría salir muy mal?. Esa conversación estuvo en mi cabeza mientras las papitas se freían, mientras las volteaba, las dejaba un poco al olvido -pero apúrense-, las salaba, las ponía sobre papel absorbente. Pronto me di cuenta que no me estaban quedando turgentes, -chiiingado. ¿Qué pasa? Pues que no, no me salen las malditas. A mí mamá le quedaban muy bien, me contestó el inocente desde la barra. A veces las hacía de cenar, así nomás, papás con tortillas. Lo bueno es que tengo una excelente relación con mi suegra fallecida, no siento envidia nunca, incluso cuando Homero sale con estos comentarios de “a mi mami sí”. En fin, ya una vez cocidas las papas las pasé a un sartén sin aceite con el ánimo de que se endurecieran, pero el tiempo se agotó y hubo que ir por las y los chamacos. Llaves del carro, rápido. A correr. 

 

Nos fuimos en los dos autos. Yo me traería a la chaviza, y Homero a la pequeña María. 

 

Desde que se subió toda la “ganga” al carro me sentí muy orgullosa. Job, Iktan, María José y Elisa. Los cuatro mejor amigos. En el camino se fueron tonteando, y yo como una feliz chofer sin casi hablar, sólo gozándolos. Imaginando -trata de recordar, tú puedes- cómo se siente tener 11 años. Cómo es tener 11 años, que sea viernes, y que tus amigos vayan rumbo a tu casa con tu mamá manejando. Creo que es un pedazo de cielo. 

 

Al llegar les propuse que subieran al cuarto de Elisa en lo que preparaba todo. Se subieron complacidos aunque sí noté que traían hambre, medio rugían. Me apuré con la carne, que ya estaba lista, incluso en medallones. Elisa había hecho la mezcla siguiendo la receta de mi mamá, que es muy parecida a la mía. Le ponemos cebolla, cilantro, cátsup, mostaza, pan remojado en leche -o yo pan rallado-, huevo, salpimienta. Comencé. 

 

Homero mientra se hizo cargo de los panes. Subió a preguntarles si mayonesa y mostaza, tomó nota, y bajó a untar unos sí y otros no. María llegó dormida, por cierto. Lamentamos que se perdería la función. 

 

Finalmente, la mesa estuvo lista. Las papas a la francesa también estaban ahí, junto a un bowl de adobadas, tomate, cebolla, lechuga, jalapeños, ¿qué más? Agua de fresa. Comimos muy felices, esa es la verdad. Yo, sobre todo, contemplaba a Elisa oronda, muy en su papel de anfitriona. No recuerdo si se dijo algo de los murciélagos, pero ahí estuvieron, enmarcando mi vista. Estoy segura que a Elisa le pareció una gran idea. Los recortamos juntas un día antes, con Ale, y María revoloteando entre nosotras. Y extrañamente las papás les encantaron. No estaban crunchy, pero tenían un rico sabor, así que devoraron las criaturas. Homero comenzó a hacer sus bromas, bromas un tanto torpes desde mi opinión, pero es una forma única en la que él demuestra su amor, y así lo entendemos Elisa y yo. Finalmente, la “ganga” terminó de comer, llevaron sus platos al fregadero y se subieron corriendo al cuarto de Elisa. La mamá de Elisa había triunfado. Muchas tardes de esta, señora. 

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